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Alumnos

Sitio donde los alumnos podrán ver los mejores textos hechor por ellos de los talleres, seleccionados, revisados y subidos por los profesores

Ámsterdam de Alberto Herrera

Una ciudad casual para un viajante sin tiempo

 

Una vez se acaben los aplausos (cada uno es libre también en ese extremo) es aconsejable tener paciencia andaluza y esperar a que el pasillo se quede sin pies, sus habitantes son gente pulcra pero poco dados a dejarse empujar.

Una vez fuera nos encontraremos con una pared de adoquines en línea, siguiéndola y dejando atrás señores malencarados con gorra, y siempre que nuestros calzoncillos no estén conociendo Islandia, acabaremos en la primera calle. Una calle aburrida llena de luces amarillas.

Todas las luces amarillas tienen una nariz roja, que ahorra paseos turísticos y regala un reconfortante silencio en su taxi.

Es mejor empezar en el sur de la ciudad, cerca del quinto canal, allí podrá hundirse en los cimientos de madera vieja clavados en el barro más puro de la cuidad.

Podrá ver transeúntes que suben de lado las escaleras y otros, en los bares, que, si ven gente morena, sonríen y dicen que hablan su idioma: “Otra cerveza” “Hola ¿cómo te llamas?”

Por el quinto canal puede pasear, relajado, sonriendo a transeúntes para los que será invisible. Es un deporte para extranjeros parar en el Leirst y sentarse en su terraza, con una vista inmejorable de la esquina con más accidentes de bici de toda la ciudad. Y si después le duele la cabeza puede comprar calmantes en las farmacias con nombre del antiguo Egipto.

Puede entrar en un coffee, cambiará de clima, todos tienen humo y escaleras a la entrada.

Siguiendo hacia el centro, sea audaz, coja el tranvía, mejor llevar una cámara colgada o un mapa grandes, cambiarán las miradas de desprecio por sonrisas. También puede ir en bici.

¡Ah! Una bicicleta, el vehículo de los patricios, el don de los elegidos. Solo puede conseguirla si habla ese culto idioma o rescatarla de algunos de los canales cercanos a la universidad.

En dirección contraria encontrará el museo de Van Gogh, en el primer piso, a la derecha según se sube, hay un banco enfrente de los almendros, y sentado en él un señor, ojos fijos y boca abierta, dicen que es español. Cuando salga aléjese de allí rápidamente o, inexplicablemente, acabará en el mismo banco, donde hay sentado un señor que dicen que es español.

Ya en el centro, pasee por los canales que salen de la bahía, no se sugestione con la serie de las fachadas: capilla luterana, capilla ortodoxa, bar. Y no se siente en los bancos iluminados por borrachos dormidos, mejor entre en cualquiera de esas tabernas a desayunar, ya no oirá “¿qué tal señorita?”, allí, cuando entre, los mayores apretarán más fuerte el bolso y los jóvenes serán más inmigrantes y menos rico que usted, pero disfrutará de la comida típica de tasca de iglesia luterana ortodoxa.

Después visite el centro y el barrio de pescadores, el ruido de sus pasos le descubrirá, en un instante, el vacío de que están hechos los habitantes de esa ciudad, ahora ya más ligero podrá dirigirse al barrio rojo, y encontrará rodeando iglesias de bella desidia, cristales donde en el primer piso, a la derecha según se sube espera una sonrisa obesa negra en lencería.

Al otro lado de la bahía solo hay el mismo cúmulo de calles iguales al resto de ciudades, salvo que los niños tienen otro peinado.

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